Cande, una viajera que prefiere viajar sola.

Siempre me gustó viajar

Cuando era chica, cualquier plan que significara alejarme de mi casa era bienvenido. Ir al pueblo de mi familia paterna, a la costa o hasta incluso una quinta. Para mí, pasar más de una hora viajando en auto ya era “estar de viaje”. Luchaba un poco con las pocas ganas de mis papás, que querían descansar, y yo quería caminar, caminar y caminar. Conocer cada rinconcito del lugar nuevo, descubrir mis favoritos y guardarlos en mi mente.

Los viajes a la costa se repetían cada verano, y recuerdo que a mí me molestaba un poco que siempre vayamos al mismo lugar. La razón era clara: la casa era de un amigo y nos salía bastante barato. Pero lo que yo quería era viajar, no vacacionar, que, desde mi punto de vista, son dos cosas muy distintas. Yo quería conocer otros lugares, otras calles, otras playas.

Los años pasaron y llegó mi cumpleaños de 15, y tenía dos opciones. No hace falta aclarar cuál elegí, además de que poco me gustaba la idea de tener que ponerme un vestido incómodo y bailar el vals delante de todos. Esa fue la primera vez que viajé al exterior y en avión, y, aunque no lo mostraba, me moría de ansiedad. De ese viaje Disney, destino obvio-, tengo poco para resaltar más que fue excelente, y agradezco haber tomado esa decisión, porque –a pesar de que me fui en grupo por una empresa de turismo-, fue la primera sensación clara de libertad que te ofrece el viajar. Además, tenía el plus de que estaba “sola”, es decir, sin mis papás, lo cual era toda una aventura para alguien que no se había separado de su mamá ni para ir al viaje de egresados de primaria.

Fueron cuatro los viajes a Estados Unidos que le siguieron a ese primero. Imposible decir cuál fue mejor. Entre medio, conocí el sur y el norte de mi país. Islas como Jamaica, Gran Cayman y Bahamas también las conocí con mi papá.

En 2015, con una carrera universitaria abandonada y una crisis que arrasó con todo encima, me encontré sin estudiar y trabajando en un lugar que no me hacía feliz. Asique aproveché la poca plata que había ahorrado y, dos meses después, estaba en Brasil realizando un voluntariado con AIESEC. AIESEC es una ong que se dedica a promover y fomentar valores humanos a través del voluntariado social y otros intercambios

Mi trabajo consistía en enseñar inglés a chicos universitarios. Era en ciudad llamada Santarém, al norte de Brasil, muy cerca de la selva Amazónica. En ese viaje descubrí lo mucho que me gustaba viajar sola. Me conocí a mi misma, conocí gente de todo el mundo que hoy son mis amigos, y lo más importante: desarrollé y conocí mis valores, cuáles quiero conservar e implementar día a día.

 También me llevé muchas visiones y opiniones sobre el mundo que son diferentes a las mía, y aprendí que hay muchas formas de vivir, y no hay que esté mejor o peor. Gracias a ese viaje crecí como persona y como voluntaria del mundo. Luego de ese viaje vinieron más, el año pasado viaje 1 mes por España, el país de dónde vienen mis abuelos. Hoy sé que mi forma de viajar es hacerlo sola, porque es cuándo más provecho saco del lugar que visito y de mí misma.

  

Viajar sola es un camino de ida, es una experiencia tan enriquecedora que es casi inevitable no querer repetir.

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