Volver al sur 

La primera vez que me interné en la Patagonia argentina tenía quince años y me encontré con un clima lluvioso y frío a pesar de ser enero. Era como si el verano se hubiera ido a otra parte. Fui con dos de mis hermanos y mis padres. Hicimos el recorrido de los siete lagos, cruzamos a Chile, pasamos unos días, volvimos a la Argentina y antes de emprender el regreso a Buenos  Aires pasamos una noche en Bariloche. Nos despertamos con la noticia de que había habido un sismo del lado de Chile.
La segunda vez fui con dos de mis hermanos, mi hermana y su novio. Fuimos en camioneta. Empezamos por Bariloche y llegamos hasta Esquel. Fuimos sin plan, ni ruta establecida. Dormimos en hostels y algunas noches en carpa, subimos montañas y recorrimos un sinfín de senderos, nos ensuciamos las zapatillas y cada noche terminamos muertos de cansancio, pero cada día valió la pena. Cada piedra que pisamos, cada río que cruzamos, cada montaña que subimos.

La tercera vez fui con uno de solo de mis hermanos, el que se ha convertido en mi compañero de viajes. Fuimos en la misma camioneta, solo que esta vez tomamos la ruta 3 y llegamos hasta Ushuaia. El día de mi cumpleaños número veintiuno cruzamos el Estrecho de Magallanes y llegamos a Tierra del Fuego. Recién en la ciudad que llaman del fin del mundo, yo sentí como si el viaje empezara, sentí como si fuera al revés. No estaba en el fin de todo, pero en el principio. 

 Otra vez subimos montañas y me llene las zapatillas de barro, bordeamos lagos y nos agarró la lluvia a medio camino, dormimos en carpa en uno de los campings más lindos y simpáticos que he visto en mi vida, levantamos a catorce mochileros, escuchamos sus historias y le contamos la nuestra. Seguimos viaje y subimos por la ruta 40, seguí enamorándome de la inmensidad de la Patagonia, de esa tierra que parece nunca terminar. Seguimos caminando porque la naturaleza hay que caminarla, para sentirla y escucharla hay que acercarse.

Subimos todo lo que habíamos bajado por el mapa, esta vez del lado de la cordillera y regresamos a casa. Llegamos cansados pero sonrientes, aún sin creer todo lo que habíamos visto, pero seguros de que íbamos a volver porque aún hay mucho para ver, porque al sur siempre se vuelve y siempre es una nueva historia.  

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